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martes, 4 de febrero de 2014

Partir de cero


Miguel Riera*


Febrero de 2014

A estas alturas del viaje, es lícito preguntarse qué queda de sano en las instituciones españolas. Algo habrá, desde luego, pero cuesta bastante verlo. Al menos aparentemente, la gusanera de la corrupción ha invadido todos los espacios, y lo ha hecho desde hace ya bastante tiempo. Que haya tardado tanto en explotar jurídica y mediáticamente sólo es explicable porque los sufridos ciudadanos hemos estado desviando la mirada de la punta del iceberg, evidenciando una tolerancia suicida ante los primeros brotes que fuimos conociendo.

Pero lo cierto es que hay corrupción en la esfera política (y no sólo económica; también moral); en la justicia; en el mundo financiero; incluso en el domicilio del mayor comisionista del país: la casa real. La mentira campa por doquier, llegando a veces a ser tan obvia que uno puede llegar a dudar de la salud mental del mentiroso (recordad, lectores y lectoras, como ejemplo de mentira estúpida, que el presidente del gobierno dijo hace relativamente poco, en rueda de prensa con corresponsales extranjeros, que no le constaba que hubiera ningún cargo del PP imputado).

Al nivel que han llegado las cosas, lo que este país necesita no son simples reformas, sino un cambio radical de naturaleza moral. Una recuperación de principios olvidados hace décadas. Además, ¿alguien cree de veras que con los partidos políticos actuales se van a alcanzar las profundas reformas que el país pide a gritos? ¿De verdad alguien puede llegar a pensar que PP y PSOE, acompañados por PNV, CiU y otros, van a permitir un nuevo proceso constituyente? ¿Que van a impulsar la despolitización de la justicia? ¿Que aceptarán una nueva ley electoral que pueda menoscabar sus intereses?

No seamos ingenuos.

El vigente sistema político, empezando por la casa real, no va a permitir cambios radicales que afecten a su actual estatus, aunque salgan millones de ciudadanos a protestar por las calles. Eso pudo suceder en el pasado, pero ahora la fortaleza de los intereses cruzados es tal que resistirá cualquier embate. El cinismo con que se nos miente desde arriba revela bien a las claras que se creen inmunes, y me temo que verdaderamente lo son.

Por eso, porque hay que cambiar de paradigma moral, hay que dejarse de palabrería y empezar por suprimir el pilar sobre el que se asienta todo el sistema: la monarquía.

Sólo con la llegada de una república será posible partir de cero, empezar de nuevo. No se me escapa que el régimen republicano no es per se inmune a la corrupción, al cinismo, la mentira, el abuso de poder. Todo eso puede pasar bajo una república. Pero, al menos, tendríamos una oportunidad.

Así pues, pienso que deberíamos poner la reivindicación republicana como mascarón de proa de cualquier otra reivindicación. Que los partidos que se dicen republicanos (pero que no hacen nada efectivo por traer la república) deberían gritar un día sí y al otro también que hay que proclamar ya la IIIª República. Aunque a su alrededor hayan muchos sordos.

Si no se hace así, si no lo conseguimos (y la verdad es que el asunto no tiene buena pinta) haremos buena la famosa frase de Lampedusa: cambiaremos algo, pero para que nada cambie.


* Miguel Riera Montesinos, periodista y editor, es el director de la mítica revista El Viejo Topo.

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