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domingo, 28 de julio de 2013

Blog Cerrado por Vacaciones - Verano de 2013


* Cartel cortesía de Jota Medina.

jueves, 25 de julio de 2013

¿Una visita de Estado?


- La visita de Estado del rey a Marruecos ha sido utilizada como la prueba de la utilidad de la monarquía para los intereses de la “marca España”

- La idea peculiar de democracia del ministro Margallo la encontramos en su elogio de la similitud entre Marruecos y España, que es similitud entre sus dos monarcas

Javier de Lucas*


23/07/2013

La operación propagandística pergeñada por la Casa del Rey, con la ayuda del ministro Margallo, pone al descubierto alguno de los elementos que prueban la toxicidad que ha desarrollado la monarquía borbónica restaurada por Franco en la persona de Juan Carlos de Borbón, que vive su peculiar otoño del patriarca desplegando una capacidad de contaminación inusitada.

La “visita de Estado del rey Juan Carlos I a Marruecos”, ha sido utilizada como la prueba de la utilidad de la monarquía para los intereses de la “marca España” y diseñada sobre todo con el evidente propósito de reflotar la muy maltrecha imagen del monarca. Para ello el rey ha contado con la complicidad del monarca marroquí, al que nuestro Jefe de Estado honra con tratamiento familiar de sobrino, para recibir a su vez el privilegio de ser acogido en pleno ramadán e incluso saludado con dátiles y miel. Todo ello es, sin duda, la quintaesencia de un modelo difícilmente cohonestable con una democracia decente.

Es verdad que esta operación publicitaria ha tenido la desgracia de coincidir con un momento álgido del “caso Bárcenas”, que le ha robado la exclusividad de primeras planas y tertulias que habían soñado quienes la diseñaron. Pero vayamos más allá. Veamos el modelo de visita de Estado. ¿Es imaginable un país democrático en el que sus intereses son defendidos mediante los guiños de complicidad entre dos patriarcas que pasan por encima de las molestias derivadas de la sujeción a las leyes y procedimientos para resolver sus asuntos? ¿Es propio, no de un Estado democrático, sino simplemente serio que los verdaderos problemas de las relaciones entre Estados sean resueltos en el clima de secreto de familia que encima nos presentan como una ventaja, un privilegio? ¿Tiene cabida en un Estado en el siglo XXI la imagen de un representante democrático, de un ministro del Gobierno elegido por las urnas, que se vanagloria de su papel de mera comparsa del rey?

La idea peculiar de democracia de ese ministro la encontramos en su elogio de la similitud entre Marruecos y España, que es similitud entre sus dos monarcas: "Marruecos ha elegido la buena vía, que no es muy distinta de la que escogimos en España a partir de 1975: una evolución a la democracia desde la ley, guiados también, y no es casualidad, por una monarquía porque es elemento de estabilidad. Don Juan Carlos fue el motor del cambio en ese proceso y el rey Mohamed VI lo está haciendo en Marruecos". Aún más el ministro Margallo aseguró que la vía elegida por "Marruecos y Argelia" es la "buena"—, y no la de los “procesos revolucionarios en Túnez, Libia y Egipto, que son objeto de preocupación en todas las cancillerías del mundo”.

Y sí, también debe ser el modelo de democracia al que se aspira, ése que consiste en que ambos reyes animen a los empresarios a aprovecharse de las facilidades para hacer negocios, que es lo mollar, lo importante, aquello para lo que hemos venido, mientras se orillan asuntillos menos vistosos. Por ejemplo, las dificultades que vive la libertad de expresión y prensa, los derechos de las mujeres o la represión del movimiento ciudadano opositor. Por ejemplo, la venta de armamento español a Marruecos (un interés clave para el rey, que siempre se ha reservado el nombramiento del ministro de Defensa, cargo desempeñado hoy por un experto en esos negocios), denunciada por casi todas las ONGs independientes. Y, por supuesto, la vergonzosa deslealtad del Estado español hacia el pueblo saharahui, inaugurada por la primera actuación del entonces jefe de Estado interino por enfermedad de Franco, el príncipe Juan Carlos, que cedió a la estrategia de su primo Hassan II, deslealtad e incumplimiento de sus deberes internacionales que hoy prolonga de nuevo nuestro ministro de Asuntos Exteriores, quien sostiene que "La posición de España es la que hemos mantenido en Argel y Marruecos: una solución estable, pacífica y justa de acuerdo con los parámetros y la doctrina de la ONU". Es decir, que sigan reprimiendo al pueblo saharaui y que se sigan conculcando los derechos humanos, que nosotros estamos a lo que hay que estar.

¿Son esos los modos que sirven para que avance en España la democracia de los ciudadanos? ¿Es esa la utilidad de la monarquía? Quizá en el fondo sí, este monarca que se resiste a dejar su responsabilidad y sus privilegios, nos ha prestado un gran servicio: evidenciar una vez más por qué, más pronto que tarde, hemos de librarnos de ese vestigio atávico y recuperar la libertad que significa una República.


* Francisco Javier de Lucas Martín es catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en la Universidad de Valencia. En 2010 participó como ponente en las IX Jornadas Republicanas Federales de UCR, celebradas en la capital del Turia.

sábado, 13 de julio de 2013

¿Quiénes son los de abajo?


Pablo Iglesias*


08/07/2013

Durante mucho tiempo, en Europa, la clase obrera representó una enorme masa de población asalariada. Aquella clase obrera, que trabajaba en fábricas y se organizaba en sindicatos y partidos que la representaban como clase, era la identificación del pueblo para los socialistas, los anarquistas y los comunistas. Aquella clase obrera, mayoritariamente masculina, urbana y vestida con mono de trabajo, representaba el sujeto de avance hacia el progreso, era la artífice de la extensión del sufragio y de los derechos sociales y la punta de lanza hacia una sociedad mejor.

Pero como dice Owen Jones en su imprescindible Chavs, un trabajador varón con mono azul y carné sindical pudo ser un símbolo apropiado de la clase trabajadora en el pasado, pero hoy su mejor representante sería una reponedora mal pagada y a tiempo parcial. El trabajo ha cambiado y una de sus consecuencias ha sido el progresivo debilitamiento político y social de las clases obligadas a trabajar para vivir. El grueso de esos obligados a trabajar para vivir sin muchas comodidades, en la más absoluta precariedad o incluso en la pobreza, ya no puede identificarse con un sector específico de los asalariados vinculados a la industria. Sin duda estos últimos siguen existiendo y es conmovedor ver a la izquierda más nostálgica llegar al orgasmo, cuando trabajadores sindicados de los astilleros o de la minería defienden con sus familias los puestos de trabajo y a sus comunidades frente a los antidisturbios. Pero ni los mineros, ni los trabajadores de astilleros, por mucho que les admiremos, son hoy los que mejor representan a los que deben trabajar para vivir. Los que hoy están en la base de la estructura económica son irreductibles a una sola unidad simbólica; son teleoperadores, parados, empleadas del hogar, camareros, enfermeros, trabajadores públicos de los que cobran menos del mil euros, profesores interinos, estudiantes que ponen copas en negro para pagarse la matrícula, chavales que reparten pizzas, cincuentones que jamás volverán a encontrar trabajo, migrantes que trabajan en la agricultura, que se prostituyen, que venden dvd´s o que cuidan ancianos, falsos autónomos, pero también quien monta un bar con unos amigos, o una cooperativa, o una pequeña empresa de servicios informáticos, o la señora de la tienda de fruta, o un agricultor. Esos son los de abajo y sólo la miopía de cierta izquierda puede insistir en agruparles a todos bajo la etiqueta de obreros e invitarles a afiliarse a los sindicatos (ojala pudieran). Muchos de ellos ni siquiera pueden ejercer su derecho a la huelga y, sin embargo, ellos son el pueblo, ellos son los que pagan impuestos (no como los ricos) y los que sacan el país adelante.

Desde que salgo en las televisiones grandes percibo dos tipos de público bien diferenciados. Por una parte está la gente de izquierdas de toda la vida, más o menos militantes, pero gente formada políticamente. A algunos les parece bien que discuta con los periodistas de la derecha en los grandes medios, otros consideran que no tiene sentido que me rebaje a participar en ese tipo de formatos; algunos disfrutan escuchando argumentos de izquierdas y otros echan en falta que no proponga en La Sexta, en Cuatro o en Intereconomía la instauración de un sistema socialista (realmente existente), o que no explique lo que es la plusvalía según la teoría del valor-trabajo.

Pero hay otro público con el que no me había relacionado hasta hace unas pocas semanas. Los que me paran por la calle y, sin concesiones a lo políticamente correcto o al lenguaje no sexista, me dicen “Ole tus cojones” y me dan un abrazo; los que me escriben larguísimos mails contándome las historias de sus hijos que se han quedado sin beca, o de sus padres que están demasiado mayores; el taxista que me trae de La Sexta a casa y me cuenta que en diciembre el taxi le dio sólo 400 euros metiendo 12 horas al día; el tipo que twittea que Revilla y yo haríamos un buen tándem (como lo oyen); la quiosquera que me reconoce y me dice “no consientas que esos te vuelvan a interrumpir, si les tienes que dar un bofetón se lo das”; el chaval que me para para hacerse una foto conmigo, porque en su casa “van a flipar”, y me cuenta la rabia que sintió cuando escuchó a Alfonso Rojo decir que una matrícula universitaria cuesta cuatro cañas; el técnico que me pone el micro en un plató y me susurra “cómete a esos cerdos”; el cámara que me guiña el ojo y me levanta el pulgar; el revisor del tranvía de Bilbao (afiliado a la CGT) que me reconoce y se baja del tranvía para acompañarme al bar donde me esperaban; el trabajador de las autopistas que se baja de su garita y me grita “dales caña”… Y así el anecdotario no terminaría nunca.

¿Son ellos la clase obrera llamada a asaltar los cielos? No lo sé pero tengo claro que son los de abajo y que a ellos hay que dirigirse.

http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/291/quienes-son-los-de-abajo/

Pablo Iglesias Turrión es profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y director y presentador de la tertulia La Tuerka CMI en Tele K, la televisión local de Vallecas.

jueves, 4 de julio de 2013

Modos de entender la democracia


Antonio Caro*


26/06/2013

Bajo el torbellino de noticias que atosiga la actualidad política española, comienza a siluetearse un conflicto de amplio calado entre dos modos de entender la democracia: la ‘democracia-ficción’ instaurada con ocasión de la Operación Transición y la ‘nueva democracia’ que está surgiendo entre el fragor de las mareas ciudadanas y la apatía de una ciudadanía que aprecia con creciente hastío cómo la primera se anega entre los escándalos de corrupción y la inacción de los partidos tradicionales.

La primera es una democracia caduca que tiene probablemente los días contados. La segunda es una democracia emergente, cuyos estertores de parto se advierten en los voceríos de las plazas que ocupan los ‘indignados’. Y en la extensión de esta última categoría que presagia la constitución como ‘clase para sí’ de los componentes de esas mareas que hoy confluyen en el gran movimiento ciudadano. El pánico que dicha emergencia provoca entre los integrantes de la primera forma de democracia se mide en su insistencia en que los miembros más significativos de la segunda se integren entre sus filas. Y ello partiendo de su convicción de que tal integración equivaldría a su disolución. Exactamente igual que los partidos “reformistas” o incluso “revolucionarios” del arco parlamentario se han ido integrando en los moldes de aquella democracia-ficción, a veces pese a los buenos deseos de tantos militantes honestos.

Pero esa integración no va a ser sencillamente posible. La sociedad española, a través de todos sus estamentos, está acumulando tantos desengaños frente a la clase política representante de aquella democracia-ficción que cualquier intento en ese sentido está condenado de antemano. Los más ingenuos o los más avispados de esa clase política desprestigiada confían en que, cuando llegue el próximo ‘clima electoral’, las aguas volverán a su cauce. Aun­que no hay que descartar de entrada ninguna eventualidad, todo parece indicar que ya ha llegado demasiada sangre al río y que el desprestigio de las instituciones seguirá avanzando, al menos hasta que una mejora económica de algún tipo consiga paliar, y con ello disimular, la crisis sistémica que estamos viviendo.

Provocar el parto

Frente a esa eventualidad, hay que pisar el acelerador, utilizando si es preciso el fórceps, para alumbrar esa nueva forma de entender la democracia que está emergiendo ante nuestros ojos. Que nadie piense que esta va a brotar ensamblada de una vez por todas, como una Venus surgiendo de las olas. Antes al contrario, habrá que provocarla a fuerza de avances y retrocesos. Habrá que ir perfilándola con la contribución de todos, exactamente igual que un pintor va dando forma al cuadro corrección tras corrección, pincelada tras pincelada.

Pero el conflicto entre estos dos modos de entender la democracia es ineludible. En su base está el hecho de que la democracia-ficción se halla al servicio de la ínfima minoría que maneja desde la sombra las finanzas mundiales y que constituye hoy la verdadera clase dominante. Y ésta es la razón de fondo de que el resto, que somos casi todos, estemos propiciando, sin ser conscientes de ello tal vez, otra forma de entender y practicar la democracia. 


* Antonio Caro Amela es creativo publicitario y profesor jubilado de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid.