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lunes, 11 de febrero de 2013

Democracia


Julio Anguita González


Febrero de 2013

A raíz de los últimos, por ahora, escándalos de corrupción protagonizados por dirigentes políticos, altos cargos institucionales, empresarios y la Casa Real, se han desatado las alarmas en titulares de medios de comunicación y en declaraciones de personalidades de la vida política española. El argumento es reiterativo; se dice que estos hechos “hacen daño a la democracia”. Pareciera como si por un lado existiera una Democracia y por otro determinadas y esporádicas fechorías hechas por personas ajenas al entramado jurídico-institucional. Es decir, se intenta voluntaria o involuntariamente, separar estas prácticas corruptas del entramado económico-político que constituye la columna vertebral del régimen surgido en la Transición. Invito a los lectores y lectoras que en aquellos años eran jóvenes o maduros a que se provean de unos folios, un bolígrafo y la memoria necesaria. Comiencen por los casinos de Cataluña, Prenafeta, los créditos a partidos condonados, Filesa, Malesa, Times Export, fondos reservados, GAL, Javier de la Rosa, Mario Conde, Prado y Colón de Carvajal, Diputación de Castellón, Valencia, ERE´s en Andalucía, Jaume Matas, Presidentes de Comunidad de Navarra, jueces procesados por delitos económicos, empresarios amigos de lo ajeno, banqueros sobres, coimas, comisiones, chanchullos, amiguismo, Naseiro, Gürtel, Bárcenas, etc. etc. etc. Y todo ello de un tirón, sin acudir a archivos o anotaciones; un simple ejercicio de memoria y muy por encima.

Esta relación de escándalos (y los que faltan) ¿son excepciones o constituyen una práctica que define a un sistema político determinado? El entramado económico oligárquico del franquismo se bañó en el Jordán de la Transición y una vez bautizado como demócrata de toda la vida siguió utilizando este inmenso coto de corrupción que hoy constituye la piel de toro. Cuando algunas veces me he referido a la situación política que surge tras la normalización democrática sancionada por la Constitución de 1978 la he calificado de Segunda Restauración borbónica. Ruego a mis lectores que repasen en cualquier texto de Historia de España lo que fue la llamada Restauración con Alfonso XII y Cánovas y se quedarán fríos de espanto ante tanta coincidencia. La oligarquía aguanta décadas y siglos. Lo que cambia es el marketing.

Va siendo hora de que, llamando a las cosas por su nombre, obviemos el sustantivo Democracia para referirnos a lo que está instaurado en España. Tantas cuantas veces, en el pasado más reciente, se han elevado críticas a este estado de cosas, las voces de la sensatez han acudido a la comparación con el régimen franquista para la existencia de partidos políticos, sindicatos y libertades (dentro de un orden). Resulta curioso que esta llamada Democracia busque su legitimidad en la comparación con la Dictadura y no en modelos, prácticas y ejemplos existentes en Europa o en América (toda ella). Es la filosofía del mal menor, común a resignados y a delincuentes de alto copete.

Si la Democracia puede ser definida como un convenio permanente entre seres libres e iguales para seguir permanente conviniendo sobre su contrato social, resulta obvio que las urnas son un componente imprescindible, pero también hay otros componentes imprescindibles; y uno de ellos es que el camino que conduce a las urnas sea, limpio, justo, proporcionado y con el principio de cada mujer, cada hombre un voto en paridad con los otros votos. Democracia es Libertad, pero ese concepto que significa capacidad y posibilidad material y física de ejercer la opción queda relegado a una caricatura cuando las condiciones económicas, sociales o morales de una sociedad la coartan hasta el punto de hacerla una simple caricatura.

Nuestro país, como tantas veces en su historia, se encuentra en una encrucijada de la cual no se podrá salir en positivo si no hay proyecto alternativo respaldado por la mayoría de la población y las organizaciones más ligadas al cambio necesario. El tacticismo, la componenda, el pacto de Estado o el ‘tente mientras cobro’ terminan, siempre, siendo colaboracionistas con el régimen. Para hacer esta afirmación he acudido a la memoria sobre nuestro pasado más inmediato. Y es que la Ruptura Democrática, sea cual fuere el ropaje que en cada momento vista, vuelve a citarnos. La primera vez fue con Fernando VII. La penúltima con Franco.


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